“Crisis voluntaria”, el lado B del desastre.

“Crisis voluntaria”, el lado B del desastre.

Llegamos al Cerro La cruz en Valparaíso un 6 de Mayo, 20 días después del gran incendio. Era 2014, las 10 de la mañana de ese día, sin expectativas solo con la intención de poder aportar en lo que fuéramos más útil como GFSC, ya que el impacto emocional de aquel siniestro nos daba una señal en nuestros corazones de que debíamos estar.  Nos esperaban algunos Facilitadores y Terapeutas voluntarios que “vagaban” por los cerros buscando ayudar y que no conocíamos, a quienes nos referían algunas amistades Facilitadoras en Santiago. Nos reunimos haciendo un círculo en plena calle, en la subida, frente al Centro cultural El Trafón, habilitado como albergue y acopio de alimentos y vestuario que llegaban como aportes para su distribución.

Sonreímos, nos abrazamos, nos presentamos y nos encaminamos cerro arriba hacia el comedor común donde compartimos un humilde almuerzo junto a los damnificados. Este comedor se situaba al lado de un club deportivo al que solo le quedaban sus paredes en pie. En ése mismo club asumimos un liderazgo natural junto a los facilitadores que nos habían recibido para recopilar información de aquello que se estaba haciendo en conjunto con líderes comunitarios.

 

Fue uno de los primeros entre una veintena de encuentros que sostuvimos con terapeutas, facilitadores, voluntarios en centros culturales y deportivos, que buscaban colaborar y ayudar desde su arte a tan devastada gente en los cerros de la quinta región.

Fuimos observando decenas de personas que conversaban y proponían su ayuda, su propuesta, su manera de apoyar el avance de quienes estaban damnificados. Las hordas de voluntarios que habían limpiado los cerros de material humeante y subido alimentos y especias diversas ya se habían retirado. Albergues con cerros de donaciones gubernamentales y particulares, eran custodiados por militares para que no fueran saqueados y robados por quienes en las comunidades sobrevivientes almacenaban también cerros de pañales, papeles higiénicos y alimentos que no podrían consumir en muchos años.

 

La autoridad apuraba por llegar con casas de madera, que eran construidas también por voluntarios sin preparación que en su buena voluntad, dejaban cables eléctricos al descubierto cuando ya empezaban las lluvias del invierno a caer sobre una población desnuda y vulnerable, que no sabía si agradecer o maldecir las “casas” que iban recibiendo. Bajo ellas, el suelo quemado no había dejado rastros de desagües e instalaciones sanitarias ni eléctricas, sumiéndolos en la oscuridad de la noche y en el peligro acechante de quienes con menos educación y respeto se movilizaban para robar aquello que quizás ni siquiera necesitaban. Las discusiones y pleitos afloraban en los callejones desnudos y de siluetas tenebrosas de árboles carbonizados que unían su imagen a grupos humanos que no querían dejar sus terrenos para no perderlos ya que sus escritos de propiedad desaparecieron entre las llamas.

Deambular por las calles quemadas buscando ayudar era el aporte voluntario de muchos, varias semanas después de extinto el gran incendio.

Nos encontramos precisamente, en este deambular, con la gran dificultad de poder aunar las visiones y diversas maneras de apoyar que planteaban muchos quienes desde su hacer, su arte, pretendían ser un aporte para quienes estaban desamparados.  Tardamos semanas, meses, en encontrar una ruta de avance entre tanta conversación y reunión para pretender colaborar. “Somos coaches, ontológicos, Facilitadores de desarrollo humano, y no podemos ponernos de acuerdo” resonaba en nuestra mente y en nuestro corazón, como una daga que hería nuestro sentir y avergonzaba nuestro caminar.

Esto lo hemos vivido reiteradas ocasiones en desastres en Chile. La voluntad por ayudar se entremezcla con la diversidad de intenciones y competencias a compartir, desdibujando el objetivo central que es recuperar pronto a las comunidades, donde afloran egos, creencias y actitudes que restan en vez de sumar. La autoridad incluso, toda vez que va ganando experiencia, va impidiendo que voluntarios lleguen a los lugares siniestrados y desbastados, donde se transforman en más humanos que requieren agua, alimentos, cobijo y traslado para ejercer su rol de ayuda.

¡Es casi una locura! “La Crisis voluntaria”, aquella que provocamos quienes sin organización global, local y menos grupal, acrecentamos en medio de la crisis de la comunidad, que solo pide contar con sus elementos básicos para volver a vivir, un techo, un piso, alimento, el trabajo, colegio para sus hijos, seguridad y tranquilidad para volver a respirar y dormir, descansar.

Reflexión y experiencia. Podemos volver a caminar por las calles del desastre conscientes del momento y la manera oportuna y pertinente de co-laborar, co-construir, recuperar y recrear la confianza perdida, aquella que nos dice que si podemos, que algún día escucharemos y sentiremos aquello que la comunidad clama en un desastre: “No nos dejen solos, pónganse de acuerdo, organícense, que necesitamos su ayuda, su abrazo, su contención, su caminar junto a nosotros”.

 

Yelmo Duran

Enrique Rabajille

GFSC Chile

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